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American standard por german izquierdo

Si en el cielo hay baños, seguro son como los que venden en la calle 92 # 11-51.  Allí, en el amplio local de American Standard, los lavamanos, las duchas, los inodoros, las tinas y hasta los grifos han sido dispuestos como si fueran piezas de una exposición. Cada objeto, desde una manija hasta el cuello de una regadera, está iluminado por su propio diseño y confirma una frase memorable del escritor Antoine de Saint Exupéry: La perfección no se alcanza cuando ya no queda nada por añadir, sino cuando no queda nada por quitar”.

Como un homenaje al buen diseño, American Standard inauguró el pasado 17 de agosto una ingeniosa exposición a la que invitó a un grupo de personas, reconocidas por su buen gusto, para que escogieran un objeto que usaran a menudo y que, según su criterio, tuviera un diseño ejemplar.

Al fondo, luego de cruzar las hileras de duchas, lavamanos e inodoros de los más variados diseños  –clásicos, vanguardistas, tradicionales–, se expusieron en fotos de gran formato los objetos escogidos por cada invitado.

La diseñadora de joyas Alysha Bilgrami eligió un pez de bronce que usa como llavero pero que fue diseñado como un dije. Para Alysha, el diseño es fundamental en todos los objetos de su vida diaria, pues, según dice, “Sin diseño no hay funcionalidad”.

Otro de los expositores, el productor musical Max Oldham, eligió una pieza más moderna, unos audífonos Bosé Soundtime que, a juzgar por la foto, han resistido el diario trajín de ir de un lado a otro: porque el buen diseño también es duradero.

Junto a los audífonos de Oldham, reluce el particular objeto de Laura Urrutia, una caja de tarjetas y sobres diseñados por la exclusiva marca neoyorquina Connor. Cada tarjeta está decorada por un pequeño rinoceronte de bronce elaborado con tal perfección, que en cualquier momento el animal podría cobrar vida y echar a andar sobre el papel blanco.

El color blanco impera en este espacio. Blanca es la inmensa tina que se halla al fondo a la izquierda, blancos los lavamanos, unos redondos, otros ovalados y algunos cuadrados, cada uno con su propia personalidad.

Otro de los invitados a la exposición, el experto en moda José Ignacio Casas, más conocido como ‘el Mono’ Casas, explica por qué eligió una colorida bufanda Efro para la exhibición. “Atesoro trapitos –dice con otro trapito atado a su cuello–. Tengo una gran colección: unos comprados, otros regalados, algunos medio robados y varios heredados”.

El que eligió fue un regalo de su suegra, quien antes de morir dejó dicho que todos los trapitos se los dieran a él. ‘El Mono’ Casas se considera un esteta, un apasionado de la belleza de los objetos.

El buen diseño brilla hasta en las piezas más pequeñas, como en la cuchara que eligió el artista caleño Luis Roldán. Lisa, mediana y de cuenco circular, el único adorno que ostenta es la silueta de Los músicos de Bremen, protagonistas del famoso cuento de los hermanos Grimm: un burro diminuto sostiene a un perro, y este a un gato, y el gato a un gallo. Ellos son los únicos habitantes del brillante mango plateado. La cuchara de Roldán, elaborada en Alemania, es una muestra de que el buen diseño es tan honesto como discreto.

Como si fuera un complemento de la cuchara, el reconocido chef del restaurante Juana la Loca, Rafael Londoño, eligió unos cubiertos diseñados por el legendario arquitecto italiano Gio Ponti, para quien los materiales más fuertes no eran la piedra, el metal, la madera o la roca, sino el arte detrás de cada objeto.

Junto a los cubiertos de Ponti, se exhibe la pieza que eligió la diseñadora de modas María Luisa Ortiz, un sombrero de Sandoná decorado con una flor de pepa de mango. La curadora y directora de Deimos Arte, Paulina Mallarino, también escogió un sombrero de la misma región adornado con una antigua randa guatemalteca bordada en seda. Estos objetos, tejidos con maestría en las montañas de Nariño entre sembrados de plátano e iraca, conjugan la sencillez del campo con la elegancia de la naturalidad.

Los invitados a esta celebración del buen diseño fueron tan variados como los objetos allí expuestos. Así, Elvira Cuervo, académica y ex ministra de cultura, eligió un anillo labrado en oro decorado con el escudo de su familia, una herencia que ha permanecido en su familia por varias generaciones. Elvira parece haber heredado el buen gusto, el mismo que tuvo por el manejo de la lengua española su tío bisabuelo, el lingüista don Rufino José Cuervo.

El fotógrafo y cineasta Juan Cristóbal Cobo utiliza en las mañanas el objeto que escogió: un exprimidor de naranjas metálico inspirado en la forma de los conejos. Nada parece hecho al azar en este pequeño y robusto artefacto metálico. Nada le sobra y nada le falta.

El diseño, decía Dieter Rams, uno de los grandes diseñadores industriales del siglo XX, debe ser innovador, estético, útil, minucioso, duradero y amigable con el medio ambiente. Las piezas expuestas en American Standard, lo mismo que los productos de la compañía, comparten estas características enunciadas por Rams.

El diseño está presente en nuestra vida todos los días, en los espacios que habitamos, los objetos que usamos y hasta en cada letra que leemos. Un buen diseño marca la diferencia entre fluir y no fluir.

El buen diseño se siente, no llama a gritos sino con un susurro. Así son los objetos expuestos en American Standard, el pez de bronce, los sombreros de Sandoná, el colorido pañuelo, la cuchara de cuento de hadas y el rinoceronte estampado en las tarjetas. Cada uno encierra una personalidad. Contemplarlos es olvidar el mundo por un instante y concentrarse en las formas de cada pieza. En la delicadeza de un objeto que conjuga la estética, la creatividad y la utilidad.

 

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